"María Victoria, sueños perseguidos"

Imagen creada con IA

Dicen que la vida empieza a los cuarenta. Yo cumplí cuarenta hace dos semanas y lo que sentí no fue un comienzo, sino el peso aplastante de un final que no sé cómo ejecutar. Me miro al espejo y veo a una mujer que se parece a mí, pero que tiene la mirada de un animal acorralado. Tengo dos hijos, una casa que parece un escenario de revista y un marido que, para el resto del mundo, es un hombre encantador, exitoso y carismático. Pero yo sé la verdad. Y la verdad es un veneno que me he tragado gota a gota durante la última década, hasta que la pandemia me obligó a beberme la botella entera.

Todo estalló en marzo de 2020. El mundo se detuvo, las persianas de los negocios bajaron y las puertas de las casas se cerraron. Para la mayoría, el confinamiento fue un reto de aburrimiento o convivencia; para mí, fue una encerrona. Yo estaba embarazada de tres meses de mi segundo hijo, Leo. Lucas, el mayor, tenía apenas tres años.

Hasta ese momento, mi vida con él había sido una montaña rusa que yo justificaba con excusas baratas: «tiene mucho estrés», «es un genio incomprendido», «bebe para desconectar». Él siempre necesitaba público. Se alimentaba de la admiración de sus socios, de las risas en las cenas, del coqueteo con la camarera de turno. Pero cuando el mundo se apagó y nos quedamos solos entre cuatro paredes, su suministro de adoración se cortó. Y la bestia, hambrienta, se giró hacia la única presa que tenía a mano: yo.

Mi embarazo fue un infierno. No encuentro otra palabra para describirlo. Mientras mi vientre crecía, su paciencia menguaba. Empezó a beber desde el mediodía. No era el beber social de antes; era un beber oscuro, metódico. Y con el alcohol, caía la máscara.

Recuerdo días enteros caminando de puntillas por mi propia casa, con el corazón en la garganta, intentando que Lucas no hiciera ruido con sus juguetes para no despertar al monstruo que dormía la mona en el sofá o que trabajaba furioso en el despacho. Pero lo peor no eran los gritos. Lo peor eran las desapariciones.

Incluso con el estado de alarma, él encontraba formas de irse. «Tengo que ir a la oficina a recoger papeles», decía. O «voy a comprar tabaco». Y no volvía. Pasaban tres, cuatro, seis horas. Yo me quedaba sentada en el borde de la cama, con las manos sobre mi barriga dura por la tensión, sintiendo cómo el cortisol inundaba mi sangre y, por ende, la de mi bebé. Lo llamaba y no contestaba. Me imaginaba accidentes, hospitales, multas.

Cuando por fin aparecía, de madrugada, con los ojos vidriosos y ese olor dulzón y rancio de la ginebra mezclado con menta, yo cometía el error de preguntar: «¿Dónde estabas? Estaba asustada». 

Su respuesta siempre era un ataque. —»Estás loca, María Victoria. Eres una controladora. No me dejas respirar. Salgo a trabajar y tú me montas un numerito. Son tus hormonas, estás insoportable».

Y yo me lo creía. Dios mío, cómo me lo creía. Me convencí de que mi ansiedad era la culpable, de que yo era una mujer tóxica y demandante. Una dictadora con las hormonas revolucionadas.

El parto de Leo fue rápido, pero mi recuperación mental no llegó. Con un recién nacido y un niño pequeño, el aislamiento se volvió total. Él no ayudaba; él observaba desde el sofá. Criticaba cómo daba el pecho, cómo limpiaba, cómo vestía. Si el bebé lloraba, era culpa mía Si la casa no estaba perfecta, era porque yo era una vaga. Y seguía desapareciendo. Fines de semana enteros en los que se iba a «viajes de negocios» que yo sabía que eran mentira, pero no tenía fuerzas para confrontar.

Seis meses después de que naciera Leo, toqué fondo. Me encontré gritándole a mi hijo mayor por derramar un vaso de agua y, al ver su carita de terror, me derrumbé. Sentí que me estaba volviendo loca de verdad. Sentía que mi cerebro era una batidora encendida sin tapa.

Decidí ir al psicólogo. No fui para separarme. Fui para que me «arreglaran». —»Doctora —le dije en la primera sesión, llorando a mares—, creo que estoy perdiendo la cabeza. Soy una mala madre, una mala esposa, estoy paranoica y no dejo vivir a mi marido».

Durante dos años, fui religiosamente a terapia. Al principio, solo hablaba de mis fallos. Pero poco a poco, la psicóloga, una mujer con una paciencia infinita, empezó a tirar del hilo. Me hacía preguntas sencillas: «¿Y qué hizo él cuando tú llorabas?», «¿Te parece normal que te deje de hablar tres días por haberte olvidado de comprar limones?», «¿Por qué sientes que tienes que pedir perdón porque tu hijo se despierta por las noches?».

Fueron dos años de desenmarañar una red de araña tejida con seda invisible. Dos años de entender que mis recuerdos eran reales, que él me hacía luz de gas (un término que aprendí y que me salvó la vida).

Hace un mes, en una sesión que nunca olvidaré, mi psicóloga dejó su libreta sobre la mesa, se quitó las gafas y me miró fijamente. —»María Victoria, llevamos mucho tiempo analizando esto. Necesito decirte algo claramente. No eres una histérica. No eres bipolar. No estás loca. Lo que estás describiendo, es de manual, es la convivencia con una persona que presenta rasgos graves de un trastorno de personalidad narcisista, elevado por el alcoholismo.»

Se hizo un silencio sepulcral en la sala.

—»Él no va a cambiar —continuó ella—. No es que no te quiera bien; es que su estructura mental le impide ver a los demás como seres humanos con derechos. Para él, tú eres un objeto. Y lo que sientes, esa locura, es la respuesta natural de un cerebro sano sometido a un abuso psicológico constante y perverso.»

La revelación fue como si me hubieran encendido la luz en una habitación oscura llena de monstruos. De repente, todo tenía sentido. Su falta de empatía, su grandiosidad, su victimismo constante (siempre era él la víctima, siempre), su capacidad para mentir mirándome a los ojos sin parpadear. No era yo. Era él.

Sentí un alivio inmenso, casi físico. Pero ese alivio duró lo que tarda en caer una gota de agua al suelo. Inmediatamente después, llegó el terror.

Ahora sé lo que es. Sé que estoy durmiendo con un enemigo. Sé que cada «te quiero» es una manipulación y cada regalo es una deuda que me cobrará más tarde. Pero saberlo no me da las llaves de la cárcel.

Aquí estoy, con cuarenta años. Miro mi cuenta bancaria y está vacía. Él se encargó de eso. «Yo llevo las finanzas, tú no te preocupes, tú céntrate en los niños», decía. Ahora sé que era control financiero. He estado fuera del mercado laboral casi cinco años. Mi currículum tiene una laguna enorme y mi autoestima profesional está bajo tierra.

Tengo a Leo, que acaba de cumplir dos años, y a Lucas con cinco. Son pequeños, demandantes y maravillosos. Son lo único que me mantiene en pie. Pero, ¿cómo me voy?

No tengo familia cerca. No tengo ahorros. Si le digo que me quiero separar, sé lo que pasará. He leído sobre el divorcio con narcisistas. No será una separación; será una guerra nuclear. Él usará a los niños, usará el dinero, usará su encanto social para pintarme como la loca desequilibrada que él lleva años construyendo en mi cabeza. Amenazará con quitarme la custodia, y tiene el dinero para pagar abogados que yo no puedo permitirme.

A veces, por las noches, cuando él llega oliendo a alcohol y se queda dormido en el sofá con la televisión encendida, me quedo mirándolo. Ya no veo al hombre del que me enamoré. Veo a un vampiro emocional que me ha chupado la alegría, la juventud y la energía.

Me siento atrapada en una pesadilla de la que ya he despertado, pero de la que no puedo salir físicamente. La ansiedad sigue ahí, pero ahora es diferente. Ya no es la ansiedad de «¿qué he hecho mal?», sino la ansiedad de «¿cómo diablos voy a salvar a mis hijos de esto sin morir en el intento?».

Sé que tengo que irme. Lo sé porque cada día que pasan mis hijos en esta casa, normalizan que el amor duele, que el silencio es un arma y que papá es un dios al que no se puede molestar. No quiero eso para ellos. Pero miro mi cartera, miro las noticias, miro el mercado de alquileres y me siento paralizada.

Soy María Victoria. Tengo 40 años, sé la verdad, y estoy aterrorizada. Pero hay algo nuevo en mí desde esa sesión con la psicóloga. Una pequeña brasa de rabia. Una brasa que me dice que si sobreviví a ese embarazo horrible, a la pandemia encerrada con él y a la duda de mi propia cordura, tal vez, solo tal vez, sea lo suficientemente fuerte para sobrevivir a lo que viene. Solo necesito un plan. Y necesito dinero. Por ahora, solo tengo la verdad, y espero que sea suficiente para empezar a construir el camino de salida.

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