
Me llamo Elena. Si me hubieras conocido hace tres años, no me habrías reconocido. No tenía moretones físicos, pero caminaba encorvada, pidiendo perdón por ocupar espacio en mi propia casa. Mi historia no es la de un monstruo que apareció de repente, sino la de un príncipe que, poco a poco, se convirtió en carcelero. Esta es la historia de cómo sobreviví a la convivencia con Marcos, un hombre con Trastorno de la Personalidad Narcisista.
Al principio, todo era intensidad y color. Marcos era el hombre más encantador del mundo; me ponía en un pedestal tan alto que me daba vértigo. Pero lo que no sabía es que la caída desde ahí sería brutal. La convivencia comenzó a los seis meses, y con las llaves del apartamento, le entregué también las llaves de mi realidad.
El cambio fue sutil, casi imperceptible, como una gota que horada la piedra. Empezó con la “luz de gas”. Recuerdo una tarde buscando mis llaves desesperada. Él estaba sentado en el sofá, mirándome con lástima. «Elena, estás perdiendo la cabeza, las dejaste en la nevera», me dijo. Fui y allí estaban. Me sentí estúpida y le agradecí su paciencia. Meses después descubrí que él las escondía a propósito para hacerme dudar de mi cordura.
Las anécdotas se acumulaban, siempre siguiendo el mismo patrón: él era la víctima y yo la verdugo. El día de mi cumpleaños organizó una cena. Yo estaba feliz, me puse un vestido nuevo. Antes de salir, me miró de arriba abajo y soltó: «¿De verdad vas a ir así? Parece que buscas atención desesperadamente». Mi sonrisa se borró. Me cambié de ropa, sintiéndome vulgar. Durante la cena, él estuvo encantador con los camareros y frío conmigo. Cuando llegamos a casa y le reproché su actitud, le dio la vuelta a la tortilla: «Arruinaste la noche con tu inseguridad. No se te puede decir nada». Terminé pidiéndole perdón yo a él por «arruinar» mi propio cumpleaños.
Lo más doloroso fue el aislamiento. «Tus amigas te tienen envidia», «Tu madre se mete demasiado en lo nuestro». Poco a poco, mi mundo se redujo a él. Me convertí en un satélite orbitando alrededor de su ego. Si él estaba feliz, yo podía respirar; si él estaba enfadado, la casa era un campo minado. Dejé de tener opiniones, dejé de tener gustos, dejé de ser yo.
El punto de inflexión llegó una noche que enfermé gravemente con fiebre alta. Él entró en la habitación, no para traerme medicinas, sino para quejarse de que no había cena y que la casa estaba desordenada. Me miró con un vacío en los ojos que me heló la sangre: no había nadie allí. No había empatía, ni preocupación, solo molestia porque su «objeto» no funcionaba. En ese silencio, la niebla se disipó. Entendí que nunca me cuidaría, porque para él, yo no era una persona, era un suministro.
Salir no fue un acto impulsivo, fue una operación militar silenciosa. Durante semanas, fingí que todo estaba bien para no despertar su ira. Saqué mis cosas poco a poco, en bolsas de basura para que él pensara que estaba limpiando, y se las fui dando a una amiga. Ahorré dinero en efectivo y escondí mis documentos.
Un martes, mientras él estaba en el trabajo, me fui. Dejé una nota breve: «Se acabó. No me busques». Bloqueé su número, sus redes y cambié mi cerradura. El «Contacto Cero» fue mi religión y mi salvavidas.
Han pasado dos años. Al principio, el silencio me asustaba; ahora me trae paz. He tenido que reconstruir mi autoestima desde los cimientos, aprendiendo a confiar en mi propia percepción de la realidad. Todavía hay días difíciles, pero hoy soy dueña de mi vida, y lo más importante: ya no pido perdón por existir.